A veces vemos rabietas, llanto, irritabilidad, oposición, necesidad de control o mayor dependencia y pensamos inmediatamente que estamos frente a un “mal comportamiento”.
Pero muchas veces lo que estamos viendo es a un niño desregulado. ![]()
Algunos comportamientos que pueden aumentar esa desregulación son:
Cambiar las rutinas constantemente.
La falta de predictibilidad puede generar confusión e inseguridad.
Decir una cosa y hacer otra.
La incongruencia entre nuestras palabras y acciones puede provocar desconfianza.
Pedir calma desde el enfado.
Es difícil enseñar regulación emocional mientras gritamos o estamos fuera de control.
Minimizar o burlarnos de lo que sienten.
“No es para tanto”, “deja de llorar” o reírnos de su reacción puede hacer que se sientan incomprendidos y solos.
Anticipar castigos constantemente.
Las amenazas frecuentes pueden generar un ambiente de miedo y ansiedad.
Exigir más de lo que pueden manejar.
Las expectativas que no corresponden con su etapa de desarrollo pueden producir frustración y sobrecarga.
Corregirlos constantemente.
Cuando todo lo que hacen parece necesitar una corrección, pueden desarrollar inseguridad, perfeccionismo y menor autonomía.
No anticipar cambios importantes.
Para muchos niños, saber qué va a ocurrir después les brinda seguridad. Los cambios inesperados pueden resultar difíciles de procesar.
Volcar nuestro estrés sobre ellos.
Los niños perciben el tono de voz, las prisas, las discusiones y la tensión de los adultos, incluso cuando creemos que no se dan cuenta.
Ser emocionalmente impredecibles.
Cuando el niño no sabe qué reacción esperar del adulto, puede mantenerse en un estado de mayor alerta.
¿Cuál de estos 10 comportamientos crees que los adultos hacemos con más frecuencia sin darnos cuenta?
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